Obras de Washington Irving

Historia de Nueva York según Diedrich Knickerbocker.

El 6 de diciembre de 1809  se publicó Knikerbocker’s History of New York. La intención de Irving era parodiar la guía de Samuel L. Mitchell, aparecida en 1807 y titulada Retrato de Nueva York, o Guía para viajeros en la Metrópoli Comercial de los Estados Unidos. En principio iba a escribirla en colaboración con su hermano Peter, pero éste tuvo que partir para Europa, y Washington la redactó prácticamente en solitario. Los siete libros que la componen ofrecen ya muestras claras del talento literario de nuestro autor. El título completo es: Historia de Nueva York desde el Comienzo del Mundo hasta el final de la Dinastía Holandesa. En esta ocasión, Irving se esconde tras un nuevo seudónimo: el erudito y excéntrico anciano Diedrich Knickerbocker, holandés-neoyorkino que aparece como el narrador de  la historia.

 La obra cuenta en clave humorística y satírica desde la imaginaria creación del mundo hasta la colonización de la isla de Manhattan por los holandeses primero, y los ingleses después. Recoge a través de diversos cuadros de costumbres, el nacimiento y desarrollo de Nueva York –entonces denominada New Amsterdam[1]-, y la historia de los tres últimos gobernadores holandeses, cuando la ciudad se llamaba todavía Nueva Amsterdam: Walter Van Twiller (el Escéptico), William Kieft (el Malhumorado) y Peter Stuyvesant (el Terco). Muchas importantes familias neoyorquinas se sintieron ofendidas pues consideraron que Irving ridiculizaba a sus antepasados. Hasta la propia Inglaterra llegaron los ecos: el mismísimo Walter Scott, mientras leía la obra a su familia, exclamó sonriendo: “Hasta este lado del océano va a llegar el escándalo”.

 Knickerbocker era el apellido de una de las primeras familias de colonos holandeses asentadas en Norteamérica. Knicker denomina al calzón corto y ancho que antiguamente llevaban los muchachos, son los antiguos pantalones bombachos. Actualmente Knickerbocker es sinónimo de la ciudad de Nueva York, y, como patronímico, se utiliza para referirse a los habitantes de la ciudad descendientes directos de los primeros colonos holandeses. No por casualidad, el equipo de baloncesto más famoso de Nueva York se llama los Knicks y en su logotipo aparece una caricatura de Diedrich Knickerbocker botando un balón de baloncesto.

El montaje publicitario que Irving urdió antes de la publicación de su libro estuvo muy bien diseñado, y dice bastante del carácter de nuestro personaje. El 26 de octubre de 1809, apareció en el periódico neoyorquino Evening Post una nota anónima –obviamente redactada por Irving-, donde se solicitaba información sobre una persona desaparecida: un caballero anciano y ataviado con una vieja casaca negra y sombrero de tres picos. Se llamaba Knickerbocker y se alojaba en el hotel Columbian de la calle Mulberry. Trabajaba en su habitación a puertas cerradas en la redacción de un libro que tenía intrigados al resto de inquilinos. Un buen día, abandonó la pensión sin pagar la cuenta. Once días más tarde un supuesto “viajero” –Irving de nuevo, por supuesto- escribió de nuevo al periódico diciendo que, en la diligencia de Albany, había visto a un anciano que respondía a la descripción, y que le confesó que se había ido del hotel sin avisar porque no tenía dinero para pagar la cuenta. El 29 de noviembre, el dueño del hotel, Seth Handaside, anunció que había encontrado un libro en la habitación del misterioso anciano, y expresaba su deseo de que el libro fuera publicado por Inskeep y Bradford por el precio de tres dólares, que se destinarían a pagar la deuda de Knickerbocker.

[1]  Los primitivos colonos holandeses entablaron una serie de luchas en inferioridad de condiciones contra los ingleses. En 1664 el coronel inglés Richard Nicholl, con tan sólo un barco de guerra, “El Guinea”, y tres mercantes desvencijados llegó a Nueva Ámsterdam el 29 de agosto, tomó la colonia y ésta pasó a manos inglesas. El rey Carlos II de Inglaterra puso las nuevas conquistas bajo las órdenes de su hermano Jacobo, duque de York y de Albany, y las dos colonias holandesas fueron rebautizadas en su honor con los nombres de: Nueva York, la antigua Nueva Ámsterdam, al sur; y Albany, la antigua colonia de Fort Orange, al norte, llamada así en memoria de la casa real holandesa Orange-Nassau. © Antonio de Calera

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Dos Relatos Cortos: “Rip van Winkle” y “La Leyenda de Sleepy Hollow o del Jinete sin Cabeza” 

Durante su estancia en Inglaterra, además de Sir Walter Scott, conoció a importantes literatos y hombres de letras, como Colleridge, Longfellow o Thomas Moore. Muchos de ellos, además de su cuñado Van Wart, lo animaron a escribir, y Washington redactó una serie de ensayos, artículos y relatos cortos, que firmó con el seudónimo de Geoffrey Crayon, que publicó por entregas en Nueva York y Filadelfia entre 1819 y 1920 y como libro en Londres en 1920, con el título de The Sketch Book of Geoffrey Crayon, Gentleman. El éxito fue inmediato. Ganó dinero y fama de reputado ensayista a ambos lados del Atlántico. La obra se compone de treinta relatos, entre los que se encuentran sus dos piezas más admiradas: Rip Van Winkle y The Legend of Sleepy Hollow. En estos relatos de Sketch Book se mezclan la aventura, el terror, lo pintoresco, la fantasía y la descripción de las costumbres y el folclore de los colonos holandeses.  

 El primero está basado en el folclore alemán y ambientado en los tiempos anteriores a la guerra de la Independencia norteamericana. Rip Van Winkle es un granjero de origen holandés, algo holgazán, pero muy querido por todos los habitantes del pueblo y con la única desgracia de tener por esposa a la gruñona y antipática Dame Van Winkle que le amarga la vida. Para desentenderse de la tiranía de su esposa, se dedica a cazar ardillas en los bosques de Kaatskill, en los Apalaches, en compañía de su perro Wolf. En una de estas correrías, se encuentra con un hombrecillo rechoncho, bajito y vestido a la antigua usanza holandesa que porta dificultosamente un barril de licor. Winkle le ayuda a trasportarlo hasta donde se encuentran los compañeros del hombrecillo, que están jugando a los bolos. En recompensa por la ayuda prestada le ofrecen beber del brebaje contenido en el barril. Bebe una y otra vez hasta que, ebrio, cae en un profundo y largo sueño encantado que dura 20 años –no olvidemos que el nombre del personaje, Rip, es la abreviatura del epitafio latino R.I.P, Requiescant In Pace, nuestro “Descanse en paz” que alude sin duda al descanso del largo sueño de Winkle-. Cuando despierta, la guerra de la Revolución estadounidense ha concluido, todos los extraños hombrecillos han desaparecido, su perro ya no está y él se ha convertido en un anciano harapiento de largas y blancas barbas. Vuelve al pueblo y comprueba que todo ha cambiado: el conflicto bélico ha terminado, su casa ya no existe y nadie lo reconoce. Rip se dedica a contar a los habitantes las historias del pueblo ocurridas antes del sueño y su encuentro con los hombrecillos y su única satisfacción es enterarse de que su mujer, Dame Van Winkle, ha fallecido.

 Rip van Winkle

The Legend of Sleepy Hollow o Legend of Headless Horseman, (La leyenda del Valle Dormido o Leyenda del Jinete sin Cabeza) también está basada en cuentos populares alemanes. Trata sobre un fantasma sin cabeza, Dullahan,  que cabalga en un caballo negro asustando a los habitantes de un tranquilo pueblecito cerca del río Hudson, Sleepy Hollow -el Valle Dormido-.  Cuando era soldado mercenario a las órdenes del duque de Hess, un cañonazo le voló la cabeza y desde entonces vaga como un alma en pena, preguntando por ella a los viandantes pues no podrá descansar en paz hasta que la encuentre. A este pueblo de Sleepy Hollow llega un pobre maestro: el larguirucho y desgarbado Ichabod Crane, que muy pronto se enamora de la bella y coqueta heredera Katrina, hija de Baltus Van Tassel, el granjero más rico de la zona. El fanfarrón Abraham “Brom” Van Brunt, el temido fortachón del pueblo, apodado Brom Bones, pretende también a la joven. Se establece una rivalidad entre ambos galanes y Brom no cesa de incomodar a Ichabod Crane para ridiculizarlo ante Katrina. Una noche, la familia Van Tassel organiza una cena a la que están invitados todos los lugareños. El maestro Crane baila con Katrina mientras que Brom Bones, en un rincón y comido por los celos, prepara su venganza. Mientras tanto, los invitados salen al porche a fumar la típica pipa holandesa y comienzan a contar cuentos populares y fantásticas leyendas, una de las cuales es el terrorífico relato del Jinete sin Cabeza. Ichabod Crane es de los últimos en abandonar la casa de los Van Tassel ya que se ha quedado cortejando a Katrina, aunque sin éxito pues ésta no corresponde a sus galanteos. Toma su caballo, abandona la mansión Van Tassel y se dirige a su casa a través de los bosques encantados de Sleepy Hollow. Al poco rato, observa que alguien lo sigue a caballo. Cuando lo tiene cerca, comprueba aterrorizado que se trata del Jinete sin Cabeza a lomos de su negro corcel, con una cabeza decapitada sobre la silla de montar. Trata de huir pero comprueba horrorizado que el fantasma lo persigue hasta que, cuando está cerca de él, le lanza la cabeza decapitada, que lo golpea en la suya y lo tira al suelo. Pierde el conocimiento, y a la mañana siguiente, al despertar, espantado por lo sucedido y sin esperanzas de seducir a la rica Katrina abandona el pueblo sin despedirse de nadie. Todos los habitantes de Sleepy Hollow creen que ha sido raptado por el Jinete sin Cabeza. El rumor se extiende por el pueblo y tiempo después, se cuenta en todas las reuniones ante los ojos atónitos de los asistentes. Sólo Brom Bones, que ya se ha casado con la bella Katrina, esboza una sonrisa al escucharlos. Con el paso del tiempo, se averigua que Ichabod Crane se fue a una ciudad lejana, se hizo abogado y llegó a ser un personaje de cierto prestigio. También se extendió el rumor de que el Jinete sin Cabeza no era sino el fanfarrón Brom Bones, que le gastó esa terrorífica broma a su competidor para quitarlo de en medio y enamorar a Katrina. Como en el lugar donde Crane cayó al suelo se encontró una calabaza tronchada, se pensó que la cabeza decapitada que le lanzó el Jinete sin Cabeza no era más que eso, una simple calabaza. Ésta es la historia que se cuenta en las reuniones sociales en el pueblo del Valle Dormido. La popular fiesta de la noche de Halloween del horror y del terror, que se celebra el 31 de octubre, con la emblemática calabaza iluminada con una vela incluída, está muy en la línea de inspiración irvingniana de la Leyenda de Sleepy Hollow –siendo la calabaza la cabeza del jinete decapitado-. La palabra Halloween deriva de la expresión inglesa All Hallow’s Eve que es la Víspera del Día de los Santos. © Antonio de Calera.

 

Hoy en día, los dos relatos están considerados como grandes clásicos de la literatura norteamericana.

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Cuentos de la Alhambra:

Washington Irving (1783-1859), considerado como “patriarca de la literatura americana” y “el mejor escritor de habla inglesa de su tiempo” tuvo el privilegio de vivir en la Alhambra mientras tomaba anotaciones para el libro Cuentos de la Alhambra. Después de recoger todas las leyendas de los habitantes del recinto nazarí –los Hijos de la Alhambra-, y tras investigar en los archivos de la Biblioteca universitaria granadina, desarrolló un género de cuentos de imprescindible lectura.

            La mayoría de estos célebres cuentos —según declara el propio autor— los escribió en la Alhambra durante un viaje que hizo por España en 1829. En esencia, son leyendas que surgen y se ambientan en tierras granadinas, durante los últimos años del dominio musulmán en la península, las cuales Irving recoge; en ellas combina su aguda observación de la realidad con una gran riqueza imaginativa, aunque procurando siempre “conservar el color y la verosimilitud local” o, como le aconsejó la propia Cecilia Böhl de Faber, amiga suya, “Poetizar la realidad pero sin alterarla”. El protagonista e hilo conductor es el propio autor, Washington Irving, que tras su llegada España inicia un recorrido por tierras andaluzas que le llevan a Granada. Allí queda extasiado por la majestuosidad de la Alhambra en cuyas habitaciones se hospedará. Durante su estancia conoce a varios personajes, entre los que hay que destacar al que se convierte en su criado, Mateo Jiménez –uno de los Hijos de la Alhambra por antonomasia- que le acompañarán y le darán noticia de esos cuentos y leyendas que giran en torno al monumento y su pasado árabe.

 

            En dichos relatos el autor despliega su mejor talento literario: el nigromante árabe que, despechado porque el rey le niega una hermosísima joven en pago de sus servicios al haber destruido los ejércitos enemigos con sus artes mágicas; huye con ella a la montaña (“La leyenda del astrólogo árabe”); tres princesas moriscas son encerradas por su padre en una torre para evitar que se enamoren y decidan abandonarlo; pero, pese a ello, conocen a tres caballeros cristianos prisioneros, dos de ellas se dejan raptar, pero la otra no se anima y muere desesperada (“La torre de las infantas”); el joven príncipe árabe, también es encerrado en una torre a causa de los celos paternos y confiado a un astrólogo, ayudado por una paloma se enamora de una princesa cristiana y se casa con ella luego de una fuga llena de sobresaltos y de terribles combates (“El peregrino de amor”). También hay otros cuentos no menos interesantes: “La leyenda del legado del Moro” trata de un fabuloso tesoro encontrado por un pobre aguador siguiendo las indicaciones de un pergamino que le hereda un moro desconocido; “La leyenda de la Rosa de la Alhambra” nos cuenta la historia de una doncella que, gracias a un laúd mágico que encuentra y con el cual cura a Felipe V de su melancolía, logra casarse con el paje del rey, a quien ama; etcétera.

            Típicamente románticos, estos relatos destacan por su estilo elegante y recargado, mediante el cual el autor recrea lo legendario y fantástico de su origen. Por su fascinante y delicado humor y por su poderosa y rica fantasía imaginativa, Irving es un autor pocas veces superado en su género.

            Pero al mismo tiempo el libro avanza por el tiempo presente (1829), correspondiente a la realidad que vive el autor. Esto le permite mostrar un rico cuadro de la Granada de la época, de sus calles, sus gentes, sus costumbres, etc.

            La obra, dependiendo de la edición, está compuesta en total por los siguientes capítulos:

El Viaje; Gobierno de la Alhambra; Interior de la Alhambra; La Torre de Comares; Consideraciones sobre la dominación musulmana en España; La familia de la casa; El truhán; La habitación del autor; La Alhambra a la luz de la luna; Habitantes de la Alhambra; El Patio de los Leones; Boabdil el Chico; Recuerdos de Boabdil; El balcón; La aventura del albañil; Un paseo por las colinas; Tradiciones locales; La casa del Gallo de Viento; Leyenda del astrólogo árabe; La Torre de las Infantas; Leyenda de las tres hermosas princesas; Visitadores de La Alhambra; Leyenda del príncipe Ahmed al Kamel o El peregrino del amor; Leyenda del legado del moro; Leyenda de la Rosa de La Alhambra o El paje y el halcón; El veterano; Leyenda del Gobernador y el Escribano; Leyenda del Gobernador manco y el Soldado; Leyenda de las dos discretas estatuas; Mohamed Abu Alhamar, el fundador de La Alhambra; Yusef Abul Hagig, el finalizador de La Alhambra; La Cruzada del Gran Maestre de Alcántara; Tradiciones locales. © Antonio de Calera.

Atribuido a H. Stanier, “Vista de la Alhambra y Sierra Nevada desde San Nicolás”

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Washington Irving y los “Cuentos de la Alhambra”

Washington Irving es el escritor norteamericano autor de la novela Cuentos de la Alhambra. Nació en Nueva York en 1783 y falleció de un ataque al corazón en su casa de Sunnyside, a orillas del río Hudson, el 28 de noviembre de 1859 por lo que en dicho día de este año de 2009 hará 150 años de su desaparición.

Washington Irving está considerado como el pionero de las letras norteamericanas y como el paradigma de los viajeros románticos. Quizá también le sea familiar al lector por ser el autor de la Leyenda de Sleepy Hollow o del Jinete sin Cabeza y del relato clásico de la literatura infantil norteamericana Rip Van Winkle. 

En España está adscrito a la corriente del romanticismo pues en sus Cuentos de la Alhambra destaca la confluencia de su interés por España, por Granada y sus leyendas y tradiciones (algunos le consideran el primer hispanista extranjero) y el embrujo del orientalismo de la Alhambra.

Originalmente su visita a España se debe a que se le ofreció en 1826 el encargo de la traducir la Vida y Viajes de Cristóbal Colón, obra recientemente aparecida, de Martín Fernández de Navarrete. Pronto se percató Irving que para los lectores norteamericanos más que la traducción de la obra de Navarrete les sería mucho más interesante que él mismo escribiera una biografía sobre el Almirante Colón. Entre 1829 y 1832 fue agregado de la embajada norteamericana en Madrid. Durante ese tiempo viajó entre otros lugares a El Escorial, Sevilla y Granada examinando los archivos que contenían documentación especialmente sobre todo lo relativo al descubrimiento del Nuevo Mundo. Fruto de ello, todas estas investigaciones le sirvieron de base para escribir Colón (1828), La Conquista de Granada (1829), Vida y viajes de Cristóbal Colón (1831). Cuando en su biografía de Colón llegó al punto en el que el desconocido marino Colón se reunía con los Reyes Católicos frente a la asediada Granada, Irving se sintió atraído por la caída del reino nazarí y quedó enamorado de Granada y de toda su magia árabe y oriental.

Irving visitó Granada en dos ocasiones, la primera desde el 8 al 18 de marzo de 1828, y la segunda vez desde el 5 de mayo al 29 de julio de 1829. En esta segunda estancia tuvo el privilegio de vivir en el Real Sitio de la Alhambra mientras tomaba notas para su libro Cuentos de la Alhambra e incluso disfrutó  del placer, envidiado por muchos, de bañarse en el estanque del Patio de los Arrayanes a la luz de la Luna para sofocar los calores de aquel verano de 1829.

Fue entonces cuando aprovechó para recopilar las leyendas y cuentos granadinos génesis de los Cuentos de la Alhambra. Después de recoger todas las leyendas de los habitantes de la Alhambra, y tras investigar en los archivos de la Biblioteca universitaria granadina y en la del duque de Gor, desarrolló un género de novela fantástica de imprescindible lectura.

Lo mejor que podemos hacer para entender a Washington Irving, saber quién fue y qué relación lo unió con Granada, es leer su mundialmente conocido libro “Cuentos de la Alhambra”, aparecido en 1832 en Londres, como una especie de “Las Mil y Una Noches” a la española. Seguramente, por habernos topado con él tan reiteradamente en librerías o bibliotecas, pensemos que es un libro más, de los que, empecinadamente, se recomienda para conocer el palacio nazarí o se aconseja como libro de lectura a los alumnos de medio mundo. Pero Cuentos de la Alhambra es mucho más. No creo que a lo largo de la historia, a pesar de su extensa distribución y publicación, se le haya hecho justicia.

Se trata de un agradable libro de viajes en el que Irving derrocha su espíritu investigador y desde luego, su curiosidad por las leyendas españolas en general y alhambreñas en particular. Constituye un libro muy divertido, en el que se recomienda, sobre todo, un poco de atención para la primera parte, momento en que Irving narra su viaje a caballo de Sevilla a Granada desde el 1 al 5 de mayo de 1829 en compañía de su amigo el poeta y príncipe ruso Dolgorouki y protegidos por su guía-escopetero Sancho, llamado así por Irving por recordarle al fiel escudero de D. Quijote. A este itinerario hoy día se le denomina en su honor “Ruta de Washington Irving” y es realizado como un peregrinaje de iniciación por numerosos entusiastas de W. Irving y de la magia de la Alhambra. Tampoco debemos dejar de prestar atención a los personajes con los que se relacionó durante su estancia en el Real Sitio de la Alhambra y sus contornos pues allí conoce a varios personajes que le acompañarán y le darán noticia de esos cuentos y leyendas que giran en torno al monumento y su pasado árabe. Son los autodenominados con orgullo como “Hijos de la Alhambra” entre los que destacan su guía Mateo Jiménez que tantas historias y leyendas le contó para escribir sus Cuentos. Mateo fue el primer personaje que el escritor conoció al atravesar la Puerta de las Granadas que da acceso al bosque de la Alhambra. Él fue el que se le ofreció para ser su guía. “Supongo que conocerá usted bien este sitio”-, le preguntó Irving receloso, a lo que Mateo, orgulloso, respondió: -“Ninguno más; pues señor, soy HIJO DE LA ALHAMBRA”; o su ama de llaves, la regordeta Dolores; o la tía Antonia, la gobernanta de la Alhambra, o su sobrino Manuel Molina. Todos ellos se convirtieron de la noche a la mañana en personajes tan famosos que uno espera encontrárseles en la Puerta de la Justicia haciendo guardia e impidiéndonos el paso. Continúa este original relato con los cuentos y leyendas en que se entremezclan lo histórico y lo legendario en una serie de narraciones con forma de libro de viajes y diario. El protagonista e hilo conductor es el propio autor, Washington Irving, que tras su llegada a España inicia un recorrido por tierras andaluzas que le llevan a Granada.

Allí queda extasiado por la majestuosidad de la Alhambra en cuyas habitaciones se hospedará junto con Dolgorouki y allí vivirán como sultanes. Descubre así historias como entre otras –en total son 41 los relatos que forman los Cuentos de la Alhambra- la del Astrólogo Árabe que contribuyó con su magia a derrotar a los ejércitos enemigos; la de las Tres Hermosas Princesas encerradas en una torre para que no se enamoraran; la del Peregrino del Amor también encerrado en una torre por su celoso padre; la del Legado del Moro que nos habla de un fabuloso tesoro encontrado por un aguador; o la de la Rosa de la Alhambra en que se nos muestra un laúd maravilloso capaz de curar la melancolía del rey. Pero al mismo tiempo el libro avanza por el tiempo presente (1829), correspondiente a la realidad que vive el autor. Esto le permite mostrar un rico cuadro de la Granada de la época, de sus calles, sus gentes y de sus costumbres.

Las palabras de elogio a la Alhambra de W. Irving, atestiguadas en los Cuentos de la Alhambra, son las responsables de la gran deuda que la ciudad de Granada y la Alhambra deben a tan insigne escritor. Al norteamericano Irving le corresponde la importancia y el reconocimiento a nivel mundial de la Alhambra y que tres millones de viajeros en la actualidad visiten sus palacios con el libro de Irving bajo el brazo y que presencien la caída del sol desde el Mirador de San Nicolás. Washington Irving fue el inquilino romántico más célebre del palacio pues estuvo alojado casi 3 meses en unos aposentos que le proporcionó el gobernador de la Alhambra para que viviese y gozase de la Alhambra como un sultán. Dichas dependencias se denominan “Habitaciones de Washington Irving” en su honor y hoy día están abiertas por fin al público.

Washington Irving, con su amplia obra sobre España, es un hispanista precursor que contribuyó de manera decisiva a poner de moda este país entre los viajeros que, cada vez más numerosos, abandonaban deseosos su cómodo hogar para conocer personalmente un mundo que no estaba preparado para el turismo sino para la aventura de lo desconocido, de los caminos solitarios, de los asaltos de los bandoleros y de las inmundas fondas al estilo de las de Don Quijote y Sancho de aquella España decimonónica. Como historiador fue un romántico en el que las fronteras de lo literario y lo histórico no están siempre claras, pero que tuvo la agudeza de saber documentarse de una manera eficaz. No llegó al rigor de Prescott, pero sí lo superó en brillantez de estilo, por su depurada prosa neoclásica atenta a la descripción preciosista y exótica, no hay que olvidar que Irving decidió, en una época oscura de su vida en que no sabía encauzarla, dedicarse seriamente a la pintura y es característico que sus relatos sean a modo de dibujos obtenidos deliciosamente con los lápices y pinceles de las palabras escritas de sus narraciones, lo que no es poco en una disciplina que hoy se desliza con demasiada facilidad a la aridez y la confusión por una mala escritura. Irving fue un maestro de la divulgación, a cuyo servicio puso una cuidada prosa que logra que sus trabajos, en un género tan perecedero como la historia, todavía sean gratos al común de los lectores.

Cuando discurría plácidamente el verano de 1829 en la Alhambra, le llegó una carta en la que se nombraba secretario de la embajada norteamericana en Londres. Al despedirse de la Alhambra, el 29 de  julio de 1829, cual “Segundo Rey Chico Boabdil”, el autor dejó escrito: “Me alejaré de este paisaje antes que el sol se ponga. Me llevaré su imagen revestida de toda su belleza…Un poco más adelante, Granada, la vega y la Alhambra desaparecieron de mi vista. Así terminó uno de los más deliciosos sueños de mi vida que tal vez piense el lector estuvo demasiado tejida de ellos”.

Washington Irving partió de su “feliz y apacible reinado en la Alhambra” en una tartana de dos ruedas en compañía de un joven inglés, Mr. Sneyd,  y de un individuo de largas piernas, ex contrabandista y salteador de caminos, que les hizo de cochero, guardián y guía a través de Murcia, Alicante y Valencia, para atravesar Francia con destino a Inglaterra.

Se le puede considerar con toda justicia como el pionero, como el que abrió camino para la futura literatura norteamericana entre sus compatriotas en los horizontes de nuestro país. A él le siguieron Tickner y Prescott entre otros.

Una de las características más notables de las piezas dedicadas a España de este escritor es la de encerrar, primorosamente, el contenido mítico de un pueblo capaz siempre de ganar el corazón y la imaginación de cuantos visitan Andalucía. En este sentido siguió al pie de la letra los consejos que años antes le dio Cecilia Böhl de Faber en una entrevista que mantuvieron en la finca que ésta -Fernán Caballero- tenía en Dos Hermanas, Sevilla, en la que indujo a Irving a que escribiera lo que luego con el tiempo llegaron a ser los Cuentos de la Alhambra siguiendo la máxima de “poetizar la realidad pero sin alterarla”.

© Antonio de Calera, Navidad de 2009.



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